Era el partido prometido, uno más donde las Chivas estaban obligadas al triunfo frente a la entrega y corazón del Querétaro que llegaba dispuesto a completar la diablura que comenzó en la Corregidora al mando del conocido Diablo Mayor, José Saturnino Cardozo.
La amenaza queretana de tomar por asalto la casa de las Chivas se postraba como una mancha, en las tribunas del Estadio Omnilife, pero la mayoría era sin duda para los dueños de la plaza que se enfrentaban a un cuadro que tenía entre sus filas muchos rostros conocidos, con muchos de ellos incluido un fuerte lazo de amistad., pero tal como lo dicta el balón a la hora de estar en el terreno de juego y sobre todo cuando se busca el campeonato, hay que derrotar a todos, incluidos a los propios amigos.
La afición del Rebaño dejó el corazón en la tribuna y hasta el úñtimo aliento alentó sus colores y como si fuera designio celestial los aficionados del Rebaño se unieron en un solo sentimiento.
En la cancha el Rebaño lo intentaba una y otra vez, y en tres claras opciones de gol, pero dentro de las ironías del bendito balompié, Liborio Sánchez, el mismo Liborio forjado en el pulmón rojiblanco de Verde Valle materialmente le había arrebatado tres goles a su alma mater en la noche de las revanchas.
Por todos lo medios posibles Chivas lo intentó, remates de cabeza, tiros libres, remates a bocajarro, pero este noche de sábado el futbol le ofrendó un no rotundo al Rebaño y agigantó la figura de un arquero que simplemente salió en su noche y como si fuera un sueño que para el Rebaño se convirtió en pesadilla, Liborio Sánchez sepultó sus orígenes rojiblancos para seguir sorprendiendo con los Gallos Blancos en esta Liguilla.
El destino fue caprichoso con Chivas y el fantasma de una “maldición” de superlíder se asomó en la cancha del Estadio Omnilife, el Guadalajara dejó la Liguilla con la frente en alto, pero con el dolor por la amarga derrota, en esta ocasión la batalla fue para los Gallos que cantaron en nota alta en esta ocasión, ahora para el Guadalajara es momento de trabajar de cara al siguiente torneo y cobrar la ineludible revancha.





